31 de diciembre de 2007

2008

31 de diciembre de 2007
Año cabalístico sin duda, cumplo 28 años el 28 de noviembre en este 2008. El reto es: 1000 cuartillas antes de un año y dos posts en este blog por semana. Sin duda será tiempo de saber si la disciplina puede hacer el milagro que el talento parece no conseguir. Espero que sigan esta carrera loca.

15 de diciembre de 2007

I.

15 de diciembre de 2007

Podríamos decir, por la mañana, que un día sucede al otro por inercia. Pero nada de eso tendría sentido si estuviéramos hablando de este día en especial, sin referirnos a ningún otro, quizá porque ningún día será tan importante como éste, en nuestra vida que parece iniciar otra vez, recordándonos que es verdaderamente posible querernos suavemente, aunque la luz nos rompa los ojos y los perros caminen en jaurías alrededor de casa. Aunque los gatos se monten en el toldo de los autos para vigilarnos, como si fuéramos tan importantes aquí y allá, pero la verdad es que no fuimos o seremos importantes allá, porque aquí lo somos todo, el amo y la guía, el cuerpo y la desnudez, como un prepucio gigante que cubre el calendario con la piel de una serpiente enroscada alrededor de un árbol, triste y seco, largo, lúgubre.

Ayer mirábamos a la distancia un par de hormigas correr, con prisa, el invierno está casi sobre nosotros y seguramente los insectos se preparan para no salir, hundirse en el fondo de sus agujeros y desde ahí observar plácidamente como el resto del mundo se congela, imaginamos sus pequeñas patas acumulando la comida en un espacio previamente elegido, pensamos en los guardias cuidando la comida de aquellos golosos dispuestos a sacrificar la muerte general, por la satisfacción personal; obviamente me siento más identificado con aquel goloso que con los estrictos guardianes que jamás entenderán el placer de la sobresatisfacción, frente a la miseria que representa la moderación. Los moderados sirven para equilibrar lo que los locos crean, con sus manos muchas veces o, en días como éstos, con sus ideas que fluyen libremente entre las piernas de las señoras y las corbatas de lo señores, porque ése, en especial, es el trabajo de los locos, perturbar las mentes sesgadas, corruptas y estériles que la moderación ha formado en el paraje triste de este invierno que se nos viene encima. Por eso, principalmente, este día es tan distinto de todos los demás, jamás se superpondrá frente a nosotros como un ejercicio de moderación; será, ante todo, una locura infinita, una explosión en las braguetas: un día inolvidable.

Mijäel llegó a la ciudad con una maleta gris y un sombrero de fieltro raído. En aquel entonces no hablaba una palabra de español y no tenía ni idea de lo que era comerse un taco o una torta en un puesto de lámina en cualquier calle, pero Mijäel no le tuvo miedo a la ciudad, la miraba desafiante pensando en lo que ese monstruo era realmente para un migrante cómo él: un basurero de oportunidades. Mientras caminaba por las calles aledañas a la central de autobuses, miraba la forma en que las cosas funcionaban, era de vital importancia ser capaz de entender la forma en que la gente de este nuevo país se movía, hablaba, comía, fornicaba. Lo primero que tenía que entender era la dinámica de los animales, para después hacerse pasar por uno y evitarse la infinita molestia de ser siempre el extranjero y las consecuentes burlas y molestias que esto acarrea. Lo primero que hizo fue dejar su sombrero por unos instantes en la banca del primer parque que encontró, después de ponerlo con mucho cuidado decidió caminar durante unos minutos, observar la flora tan extraña a su alrededor y después volver hasta la banca para ver si su sombrero seguía ahí. Era un ejercicio simple, la probabilidad era que perdiera su sombrero, pero la posibilidad de volverlo a encontrar convertía todo aquello en algo digno de hacerse, de pensarse, aún cuando los resultados provocaran que su cráneo blanco fuera tratado de manera inclemente por el sol de esta ciudad tan gris, pero a la vez, tan luminosa. Al volver a la banca encontró su sombrero ahí, rápidamente miró a su alrededor para descubrir a tres o cuatro niños que lo miraban fijamente; también estaba, detrás de un árbol, un andrajoso que miraba con deseo el sombrero, todos al verlo tomar el pedazo de fieltro y colocarlo sobre su cabeza siguieron su camino, Mijäel comprendió que en esa ciudad el miedo era el principal aroma que corría por el aire y a partir de entonces, supo que usaría dicho sentimiento a su favor, permitiéndose ser algo que nunca en sus cincuenta años de vida había sido: el malo de la historia.